Somos la primera cárcel que nos encontramos en el
camino: Nosotros,
nuestros cuerpos, nuestras ideas. Prisioneros y carceleros, dueños de la definición y la etiqueta; reyes de los límites
- que no existen o no
debieran existir- pero
los creamos porque nos hacen sentir seguros, como cualquier frontera.
Inventamos fundamentos que los respalden, y que al mismo tiempo, descarguen y
liberen nuestra conciencia. Indirectamente nos sumergimos en un sistema
ideológico irracional, y en la ignorancia navegamos, y en el “no me importa”
también. Esa desconexión y apatía que desarrollamos y que están
socialmente presentes desde tiempos inmemorables, generan que hoy, cuando
decido (o no) tirar de la venda que me cegaba, me duela.
En un año, se matan 60 mil millones de animales
sintientes, víctimas de nuestro paladar egoísta que carece de juicio. Muchos de
nuestra especie envejecen sin resistencia, porque se cansan de luchar por algo
que parece ser utópico: la completa liberación animal. Sin embargo, hoy ya no
lo es más.
2019. Nuestra mano aprieta el billete y pide un
kilo de carne, equivalente a 15.415 litros de agua (según Statista un portal de
estadísticas online, que reúne datos de Water Footprint Network). La factura
ambiental va incluso más allá del agua requerida para la producción del mismo.
Ésta abarca desde el grano necesario para alimentar el ganado y las grandes
porciones de tierra requeridas para la producción del mismo, hasta las
emisiones de CO2 y gas metano generadas por las flatulencias de los animales de
granja.
“Para aquietar el daño ambiental, se volvieron
fundamentales los cambios en la dieta, incluyendo el aumento del consumo de
alimentos a base de plantas y la reducción en el consumo de carnes rojas y
procesadas, que a su vez, traen beneficios inmediatos para la salud” establece
la PAHO (Organización Panamericana de la Salud). Al mismo tiempo, esta serie de
discursos son compartidos por otras organizaciones de igual o mayor peso a
nivel científico, político y social, como la Organización de las Naciones
Unidas.
La creciente evidencia de contaminación local y
global, junto con un público más informado, han impulsado el desarrollo del
movimiento ecologista, un gran referente de la dieta que excluye a los animales
de su plato.
En conclusión, el medio ambiente lo exige, al
mismo tiempo en el que lo hacen los países pobres, los animales y nuestra
salud.
Los hábitos son actos repetitivos, muchas veces
carentes de cuestionamiento. Comer animales es uno de ellos.
Liberémonos de nosotros mismos y de todo lo que
creemos creer.
Victoria Uranga
Vichuqui: arrabalera como pocas... personas como vos son las que luchan por cambios radicales y necesarios, debemos cambiar HABITOS, POR MAS SALUD Y MEJORA EN EL MEDIO AMBIENTE. La revolución recién comienza...💪😍
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